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La iglesia fundamentalista de mi juventud vio con sospechas al novedoso evangelista Billy Graham. Invitaba a miembros del Consejo Nacional de Iglesias (¡y a católicos apostólicos romanos!) a sentarse en la plataforma de sus cruzadas. Parecía un tanto blando con el comunismo, especialmente en sus comentarios sobre la Iglesia detrás de la cortina de hierro. Tal vez lo más resonante, durante aquellos días de tajantes leyes racistas, es que él insistía en hacer cruzadas integradas blancos y negros, incluso en bastiones blancos como Alabama. Aquellas sospechas, que ahora parecen curiosamente extremas, nos proveen un vistazo de en lo que las iglesias teológicamente conservadoras se hubiesen convertido sin la influencia de Graham: sectarias y divisorias, una minoría a la defensiva y no comprometida con la cultura.

Podemos medir la grandeza de un hombre cuando observamos la huella que dejó en un movimiento que surgió de raíces fundamentalistas. Billy Graham no inventó la palabra evangélico, pero logró restaurar su significado original: “buenas noticias”, tanto para el mundo escéptico como para la minoría asediada que lo observaba para inspiración y liderazgo. Cometió errores a lo largo del camino, por supuesto: haciendo enojar al presidente Truman utilizando la Casa Blanca de manera oportunista, con comentarios impertinentes sobre cuestiones sociales del momento, siendo engañado por el presidente Nixon.

Sin embargo, en cada situación, admitió su error y aprendió de él. Demostró que un cristiano evangélico puede ser tanto respetable como relevante, y al mismo tiempo aferrarse al mensaje simple del Evangelio, que es el del amor de Dios por los pecadores. En sus viajes internacionales, líderes religiosos sofisticados en lugares como Gran Bretaña y Alemania lo sometieron a críticas despectivas, hasta que lo conocieron y todas las críticas se desmoronaron por su humildad y su gracia. De algún modo, Graham tuvo la vida estadounidense por excelencia. De origen modesto nacido en una granja, trabajó como vendedor de productos para el hogar, solo para alcanzar un renombre mundial.

Sin embargo, es suficiente con compararlo con otras personalidades que aparecen en revistas de celebridades para notar una enorme diferencia. Jamás tomó ventajas económicas por su persona, nunca hizo fiestas nocturnas ni consumió drogas o compró mansiones en islas del Caribe. A pesar de cenar con reyes, reinas, presidentes y líderes de estado, siempre optó un estilo de vida sencillo en su Carolina del Norte natal, en un casa construida con camarotes antiguos. Para los millones de sus seguidores, Graham pareciera ser más grande que la vida y un representante de las nuestras al mismo tiempo. Tuvo una esposa fiel que toleró la agenda constante de viajes, un par de hijos que atravesaron un período de rebeldía antes de encontrarse con ellos mismos, dos hijas que experimentaron el trauma del fracaso matrimonial.

Él batalló contra cuestiones de salud, momentos de duda y problemas administrativos. Pero cuando una vez detrás del púlpito, así sea frente a un grupo reducido de personas en la Casa Blanca o en Kremlin, o frente a millones reunidos en Corea o en el Central Park, algo sobrenatural sucedía. Todas las preocupaciones de la vida desaparecían, y él se enfocaba como un rayo láser en aquello que conocía tan bien: el Evangelio de Jesucristo y su poder para cambiar vidas. Tuve el privilegio de entrevistarlo dos veces en su casa. Al igual que la mayoría de los periodistas, me sentí impactado por cuán inseguro parecía ser en la intimidad.

Constantemente formulaba cuestionamientos sobre por qué sus cruzadas tenían más efecto en las ciudades, sobre si se había equivocado en meterse con los políticos, sobre si ya había terminado la era de cruzadas evangélicas. Mientras tanto, el tamaño del mundo de Graham continuaba creciendo. Un récord de cincuenta veces estuvo en el top 10 de las “personas más admiradas” en las encuestas de Gallup. Un director de Time escribió un libro declarándolo una de las “grandes almas” del siglo pasado, y en 2007 la revista le dedicó el artículo de portada a su relación con los once últimos presidentes de los Estados Unidos. La nación había atravesado los tumultuosos años ‘60, sobrevivido una terrorífica carrera de armas nucleares e ingresado en una etapa mundial de terrorismo y amenazas planetarias. De algún modo, en cada cambio, Graham y su antiguo mensaje parecen más vigentes que nunca.

Atrajo críticas por no ser lo suficientemente profético; Jesse Jackson dijo una vez que Graham jugaría al golf con los faraones en vez de dirigir a los esclavos hacia la libertad. Sin embargo, de manera cautelosa, él logró abordar los problemas de cada época: el racismo, la pobreza, el terrorismo nuclear, el comunismo. Desde el principio hasta el final de su carrera, verdaderamente creía que el secreto para la paz del mundo o de cualquier alma humana yacía en la paz con Dios. Los evangélicos ya no son una minoría asediada.

Tenemos proyectos sólidos en la educación, la literatura, el trabajo juvenil, el crecimiento de la Iglesia y en las misiones internacionales (todo influenciado por Graham). Tenemos un acceso sin precedentes al poder y una oportunidad nunca vista para formar una cultura que hoy está bajo constante amenaza. Este es el legado de Billy Graham. Fue proveedor de una base importante para la madurez de aquellos comprometidos a plantar cimientos del Reino de Dios en un campo lleno de cizañas. Ahora que partió, hay una pregunta gigante que nos acecha: ¿podemos tomar su manto y avanzar en el mismo espíritu?


Por Philip Yancey
Tomado del libro: Mis últimas palabras
Peniel

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