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Dios dándose a sí mismo

 

 

La Navidad es algo más que un concepto teológico. Los conceptos por sí solos están muertos. La Navidad es la revelación de la libertad de Dios. Jesús es la barrera contra la corriente de las expectativas mesiánicas sobre un rey triunfal. Yves Congar señala: “La revelación de Jesús no se concentra solo en sus enseñanzas; sino además, y quizá deberíamos decir principalmente, en sus hechos. Pasar de ser el Verbo a ser nuestra carne, tomar el estado de sirviente ante Dios, lavar los pies de los discípulos, todo aquello adopta la fuerza de una revelación y una revelación del Señor”.

La encarnación de la libertad del Padre nos llama de la admiración a la transformación.

Un recién convertido a Jesús se encuentra con un amigo no creyente:

—¿Así que te has convertido a Cristo?

—Sí.

—Entonces debes saber mucho sobre Él. Dime, ¿en qué país nació?

—No lo sé.

—¿A qué edad murió?

—No lo sé.

—¿Cuántos sermones predicó?

—No lo sé.

—En verdad lo conoces muy poco para decir que te has convertido a Él.

—Tienes razón. Siento vergüenza de lo poco que sé de Él. Pero una cosa sé: hace tres años era yo un alcohólico. Estaba endeudado. Mi familia se destruía; me tenían miedo. Pero ahora he dejado de beber. No tengo deudas. Nuestro hogar es un hogar feliz. Mis hijos esperan ansiosamente mi regreso a casa cada noche. Cristo ha hecho todo esto por mí. ¡Esto es lo que sé de Él! 

Conocer significa ser transformado por lo que uno conoce. Imitar el modelo del mundo para celebrar la Navidad es seguir la corriente. Seguir los estándares seculares de lo que significa divertirse es perder el sentido de la identidad. Dejarse intimidar por los modelos culturales de las mayorías consumistas, estructuradas y limitadas es declarar nuestra esclavitud. Dejarse tentar a abandonar nuestro propio camino y permitir que las expectativas de otros ejerzan un control sutil sobre nuestros preparativos navideños y nuestra celebración de la Navidad es un trampa para complacer a la gente.

En Navidad, Jesús nos convoca a entrar al Reino de la libertad, a ser libres mediante el amor del Padre. Hay una característica refrescante del Nazareno sin la cual el cristianismo jamás se hubiese convertido en un hecho histórico. La sorpresa de su nacimiento en Belén despierta el deseo a ser libre de uno mismo y libre para los demás. Estimula la búsqueda de formas ingeniosas y creativas de celebrar una Navidad poco convencional.

El Niño en llanto da testimonio de un Dios de palabra fresca y viva, que no es un defensor de lo antiguo, lo determinado, lo establecido y lo universal. El Dios que encontramos en Jesús es libre de la preocupación por recibir la gloria que es suya, libre para estar con nosotros, libre para derramar su gracia, libre para amar y para dejar ser. En esta Navidad, Dios quizá espera que respondamos creativamente y por lo tanto seamos semejantes a Cristo. De hecho, quizá nos llame a liberar a los cautivos de la soledad y el abandono, a compartir nuestra esperanza con los prisioneros de la tristeza y la desesperanza, a invitar a los rechazados a nuestra mesa, a celebrar nuestra libertad olvidando nuestra comodidad y conveniencia, a proclamar el Evangelio ministrando viudas y huérfanos, a ser Iglesia dando alimento a los pobres, a ignorar las expectativas convencionales, a llamar a su Hijo fuera de Egipto una vez más.

Yo, el náufrago

Dios no ingresó a nuestro mundo con el impacto apabullante de gloria insostenible sino que tomó el camino de la debilidad, la vulnerabilidad y la necesidad. En una noche de invierno en una cueva oscura el niño Jesús era un Dios humilde, desnudo, indefenso que nos permitió acercarnos a Él.

Todos nosotros sabemos lo difícil que resulta recibir algo de quien tiene todas las respuestas, que está completamente relajado, que no le teme a nada, que no tiene necesidades y tiene todo bajo control. Ante un personaje tan distante nos sentimos irrelevantes. Y por eso el Señor viene al mundo como un recién nacido, dándonos la oportunidad de amarlo, haciéndonos sentir que tenemos algo para ofrecerle.

El mundo no comprende la vulnerabilidad. Rechazamos la necesidad porque nos resulta incompetente e ignoramos la compasión por no traer ventajas. El gran engaño de las publicidades televisivas es que ser pobre, vulnerable y débil es poco atractivo.

La espiritualidad de Belén es simplemente incompresible para la industria de la publicidad. Como Matthew Fox dice: “Las notas de apertura de la Quinta Sinfonía de Beethoven se utilizan para vendernos calmantes y la oración de San Francisco de Asís para promocionar un acondicionador para el cabello”.

El misterio de Belén siempre resultará un escándalo para los discípulos aspirantes que buscan un salvador triunfal y un evangelio de prosperidad. El niño Jesús nació en circunstancias comunes; nadie puede decir exactamente dónde. Sus padres no eran personas de importancia social y su comité de bienvenida fueron burros, perdedores y pastores pobres y sucios. Pero en la debilidad y la pobreza, el náufrago en el establo llegará a conocer el amor de Dios.

Desgraciadamente, a través de los siglos, la religión cristiana ha adornado al Niño de Belén. El arte cristiano simplificó el escándalo divino en pesebres de jengibre. El culto cristiano ha convertido los olores del establo en un espectáculo sentimental. (Y algunos no tan sentimentales).

La imaginación religiosa y la música nostálgica le quitan el factor sorpresa a la Navidad, mientras que al mismo tiempo algunos teólogos reducen el pesebre a un símbolo teológico aburrido. Pero el náufrago en el establo se rinde en adoración al niño Jesús y a la irrupción del Dios Todopoderoso, porque ni un Papá Noel, ni los árboles pomposos y las estruendosas campanas de la iglesia puestos juntos pueden generar la revolución que el Niño Jesús genera cuando, en lugar de perpetuarse como una estatua en una cuna, se llena de vida y nos entrega al fuego que Él vino a encender.

El autor español José Ortega y Gasset lo expresa de este modo: “El hombre de cabeza clara es el que se liberta de esas ideas fantasmagóricas y mira de frente a la vida, y se hace cargo de que todo en ella es problemático, y se siente perdido. Como esto es la pura verdad (a saber, que vivir es sentirse perdido), el que lo acepta ya ha empezado a encontrarse, ya ha comenzado a descubrir su auténtica realidad, ya está en lo firme. Instintivamente, lo mismo que el náufrago, buscará algo a que agarrarse, y esa mirada trágica, perentoria, absolutamente veraz, porque se trata de salvarse, le hará ordenar el caos de su vida. Estas son las únicas ideas verdaderas: las ideas de los náufragos. Lo demás es retórica, postura, íntima farsa. El que no se siente de verdad perdido se pierde inexorablemente; es decir, no se encuentra jamás, no topa nunca con la propia realidad”.

El náufrago en el establo es el pobre de espíritu que se siente perdido en el cosmos, a la deriva en mar abierto, aferrándose entre la vida y la muerte a un tablón solitario. Finalmente, son arrastrados por las olas hasta la costa, despojados del viejo espíritu materialista en su más amplio espectro. Al náufrago no solo le resulta de mal gusto sino completamente absurdo dejarse atrapar por los árboles decorados y las experiencias religiosas (“¿No te hace sentir bien ir a la iglesia en Navidad?”). No se preocupan por su seguridad emocional ni por ningún detalle insignificante de la creación. Han sido salvos, rescatados, liberados de las aguas de la muerte a una nueva oportunidad de vida. ¡En un deslumbrante momento de verdad en el establo, descubren que Jesús es el tablón al cual se aferraron todo este tiempo sin saberlo!

Todo este tiempo que lucharon contra el viento y la tormenta, sacudidos por los mares furiosos, había algo que los sostenía sin saberlo. Estar expuestos a la privación espiritual, emocional y física los ha despojado de sí mismos y obligado a reexaminar todo aquello que consideraban importante. El náufrago no llega al establo en busca de poseer sino de ser poseído, no en busca de paz o de un nivel religioso sino en busca de Jesucristo.

La Navidad significa que Dios nos ha dado nada menos que a sí mismo, y su nombre es Jesucristo. La próxima Navidad, no estés dispuesto a conformarte con otra cosa. No pidas “solo una tostada de pan” cuando hay un desayuno continental en el menú. No te des por satisfecho con unas gotas de agua cuando el Señor tiene un océano de Él mismo para ofrecerte. No te conformes con una celebración “agradable” cuando Jesús dice: “Es la buena voluntad del Padre darles el Reino”. Oren, vayan al trabajo, jueguen en familia, coman torta, intercambien regalos, canten villancicos, alimenten a los hambrientos, consuelen a los que están solos y háganlo todo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Hay una hermosa historia que se cuenta cada Navidad en los bosques de Provenza, al sur de Francia. Cuenta sobre cuatro pastores que llegaron a Belén para ver al Niño. Uno de ellos llevó consigo huevos, otro pan y queso, el tercero llevó vino. Y el cuarto no llevó nada. La gente lo llamaba L’Enchanté. El primero de los tres pastores conversó con María y José; hablaron de lo bien que se la veía a María, de lo acogedora que era la cueva, lo bien que José la había preparado y de la hermosa noche estrellada que era. Felicitaron a los orgullosos padres, presentaron sus obsequios e insistieron en que si necesitaban algo, solo tenían que pedirlo. Por último, alguien preguntó: “¿Dónde está L’Enchanté?”. Lo buscaron por todas partes, adentro y afuera, arriba y abajo. Finalmente, alguien se asomó a través de la manta que colgaba desde el techo hasta el pesebre. Allí, de rodillas frente a la cuna, estaba L’Enchanté, el encantado. Como una bandera o una llama que toma la dirección del viento, él había tomado la dirección del amor. Durante toda la noche postrado en adoración susurraba: “Jesús, Jesús, Jesús”.

A medida que se acerca la Navidad, vale hacernos una pregunta honesta: ¿queremos ser o solo parecer cristianos? Al igual que el náufrago, el encantado es despojado de todo por causa de una pasión. Su determinación lo conduce a una evaluación realista: todo lo que se relaciona con esta celebración y no está centrado en Jesucristo (el árbol, los ornamentos, la cena especial, el intercambio de obsequios, la misma adoración) son solo gestos vacíos.

Benditos sean los náufragos, porque ellos ven a Dios en todos los detalles de la Navidad y disfrutan de una alegría que el mundo no puede comprender. 

 

Tomado del libro: León y Cordero - Brennan Manning

Editorial Peniel
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